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Martes en la ciudad. Apenas ayer empezó el curso de inducción al servicio social y he de reconocer que es bastante tedioso. Sentados durante cinco horas con derecho a un receso de diez minutos y continuamos con la diferencia entre asistente y promotora rural que en este momento no identifico, alguien dijo por ahí: “La asistente es la comadre” y cada vez que han de hacer una diferencia se vuelve a hacer referencia a ese concepto: Es la comadre. Apenas puedo creerlo.

He superado en grado muy significativo la hoja de Patio limpio. No era más que uno porciento de toda la papelería mensual y yo quería renunciar a IMSS-oportunidades, ja! porque me proponía contar las corcholatas, piletas, llantas y no sé qué otros artefactos del patio de cada casa de las comunidades que estarán bajo mi cuidado. Todo para sacar un índice de larvas. Como sea, ya lo estoy aceptando como parte de mi cotidianeidad que todavía no es.

En mi sentido del servicio social médico quiero en mi hoja de vida todo lo de una comunidad. Así pues, la elegí. Me llevó mamá a comprar cosas necesarias para mi futura sobrevivencia como una sábana, un sartén, una lámpara, entre otras cosas. Yo en mi estado de frialdad decidí gastar la última colilla de mis ganancias de MIP y me hice acreedora a un maquillaje clinique, fin. Terminó mi riqueza de pregrado.

El próximo martes ya estaré durmiendo en la comunidad y lo más probable es que mi madre esté conmigo, ja!! Apenas puedo creerlo. La alentadora a elegir un año de comunidad acepta a La madre en el acomodo del nuevo hogar. No pude rechazar esa autoinvitación de ella.     

Días de cotidianeidad extinguiéndose en esta ciudad. Yo sólo leo: Un mundo para Julius.

     

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